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Una situación alarmante

11 nov 2016
2 min de lectura

Es muy difícil afrontar un partido sin ideas claras porque cualquier revés te puede desarmar. La reserva emocional surge cuando los equipos se sienten fuertes y entienden que un gol en contra no es más que una contingencia, pero es inútil pedirlo en momentos de debilidad.

Anoche quedaron en evidencia las distancias que separan a un conjunto que después de ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos potenció su funcionamiento con otro sin pautas, ni para avanzar ni para retroceder, sin hábitos de funcionamiento porque la idea -en caso de existir- se cambia partido a partido, y que navega en un absoluto estado de confusión e inseguridad.

Argentina hoy puede controlar el juego en zonas alejadas del riesgo, tal como ocurrió hasta el primer gol, pero a partir de ahí descubre todos sus defectos. No sabe qué hacer con la pelota, no hay caminos preestablecidos para tocar ni para encontrar los espacios adecuados y solo cabe esperar una jugada de peligro a partir de alguna genialidad.

Si además ese rival tiene una idea de juego y un funcionamiento colectivo bien aceitado las diferencias pasan a ser abismales.

Lo ocurrido anoche en el Mineirao dejó en evidencia, una vez más, cuestiones que son sabidas pero se pretenden minimizar o incluso obviar. Por ejemplo, que la palabra equilibrio no se sostiene solo poniendo dos volantes de contención. Esto es una farsa. Cuando un equipo juega de manera equivocada desde el punto de vista conceptual no hay ninguna posibilidad de equilibrio.

Pero también que los grandes jugadores desarrollan su máximo potencial cuando existe una estructura colectiva que lo contiene. Sin él, el gran jugador se diluye, se vuelve anárquico, no pesa. Lo vemos desde hace años con Messi en Argentina. Ayer, nuevamente, debió bajar en exceso para intentar solucionar la ausencia de gestores de juego.


 
 
 

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